Don Antonio, ¿qué haría si le disparasen por la espalda?

Es difícil no amar a Antonio Machado en mayor o menor intensidad. Yo misma, con la inocencia de algunos poemas y la voz de Serrat en un vinilo, pedí como regalo en un cumpleaños ya muy lejano que me llevaran a Colliure a saludar a aquel hombre que había hecho grandes cosas. Hizo enorme Castilla, situó Soria e hizo brillar a Segovia con sus largos caminos por las afueras. Fue capaz incluso de avistar la hecatombe de una España apuñalada por el fascismo y exclamar alto y claro que no. Porque, como nos ha repetido hasta la afonía Romain Rolland, en los grandes momentos de la Historia, el silencio es un acto en sí mismo.

– Mire usted: la política lo deja a uno tan desconcertado a veces, que ni siquiera quedan ganas de opinar. Uno lee, por ejemplo, que un jefe político dice: “Si la política gira hacia la derecha es lo mismo que si girase hacia la izquierda, porque yo soy el eje”. Y entonces, a uno todo lo que se le ocurre pensar: “Feliz el ciudadano que puede estudiar para eje de la política”.

Es posible que haya personas que en ese caminar que hacía el camino se perdieran algunas paradas importantes. La primera, quizá, que Antonio no abandonó Madrid por voluntad propia, no se refugió, sino que fue el gobierno quien insistió en su traslado, junto al de otros intelectuales, a Valencia para protegerlo como patrimonio en vida que era. ¡Qué lástima que no llegaran a Lorca ni a Hernández! Aunque estos quizá tampoco hubieran aceptado el ofrecimiento. Tampoco eran de la misma generación, no contaban con la misma reputación. Antonio, sabemos, leía a todos esos jóvenes pero a quien respetó sin fisuras fue a Juan Ramón Jiménez en un momento que, como resumió Max Aub: Unamuno era un modo de sentir, Ortega un modo de pensar y Machado un modo de ser. En cualquier caso, el sevillano no dejaría que se sumergieran en el olvido y por eso El crimen fue en Granada.

En esta trágica guerra civil, provocada por las fuerzas que representan los valores imposibles, antiespañoles, antipopulares y de casta, se ventila el destino del espíritu, su persistencia como valor superior a la vida. Y es el pueblo quien defiende el espíritu y la cultura. EL amor que yo he visto en los milicianos comunistas guardando el palacio del duque de Alba sólo tiene comparación con el furor de los fascistas, destruyendo.
El fascismo es la fuerza de la incultura, de la negación del espíritu. El pueblo guarda las obras de arte con calor y el fascismo las destruye con saña, intencionadamente, por ser obras del espíritu y de la cultura. Yo lo afirmo rotundamente. El Museo del Prado, la Biblioteca Nacional han sido bombardeados sin otra motivación bélica que la fatal necesidad de destruir que siente el fascismo. He visto las huellas de las bombas dirigidas a estos templos de la cultura.

Para saber más: Reportaje de Chim en La Maleta Mexicana y El arte en peligro (a Josep Renau le debemos mucho más que El Prado).

En ese camino igual olvidamos también que Antonio y su hermano Manuel escribieron varias obras de teatro juntos, que viajaron también unidos al París de Oscar Wilde, aquel en que descubrieron a Paul Verlaine (léanle, no tengan miedo). En su segundo regreso le acompañaba su hermano Joaquin, el viajero. Algunas obras estuvieron protegidas con las pinturas de José quien, además, le acompañó un buen trecho de la hecatombe.

Aquí reposaré un momento sobre el mojón para recordar que a iniciativa de la Real Academia Española -que otorgó a Antonio Machado silla en 1927 pero en la que nunca llegó a sentarse pues, como escribiría a Unamuno:  «Es un honor al cual no aspiré nunca; casi me atreveré a decir que aspiré a no tenerlo nunca. Pero Dios da pañuelo a quien no tiene narices…»- en 1958, el franquismo pretendió repatriar los restos del poeta a lo que desde el exilio chileno José se negó rotundamente.

Y es que decir Machado es mucho decir. Ocho nacimientos, siete hermanos. Y la enorme suerte de pasar sus años de formación en un Instituto Libre de Enseñanza, ese gran me niego que deberíamos seguir echando de menos.

Pero algo que sin duda no deberíamos dejar nunca atrás es que en esa guerra que enfrentó a hermanos y cuyos rescoldos salen a llamear siempre que encuentran una mísera ocasión, es que Antonio envió una carta que Manuel recibió y que este atravesó un país devastado y una frontera incómoda para despedirse de Ana Ruiz Hernández, una madre sola desde 1893. No deberíamos dudar que Manuel debió derramarse en enorme lágrima sobre dos tumbas: la de la madre y la de su pequeño Antonio porque fueron siete hermanos pero carta hubo una.

Si tienen dudas al respecto. Si sospechan del amor de los Machado, si necesitan comprobar que Antonio jamás tuvo una mala palabra hacia Manuel, si quieren saber qué respondió Antonio cuando le preguntaron qué haría si le disparasen por la espalda, no les quedará otro remedio que leer Caminos sobre la mar de la Editorial Confluencias.


Ficha del libro

Autor: Antonio Machado.

152 páginas, 12,00€, ISBN: 978-84-947772-1-9


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